El oficio de cocinero nos merece un gran respeto. Un cocinero cocina cada día. Cada día se enfrenta a sus clientes. Cada día debe probar que lo hace bien. Hacerlo bien es una exigencia permanente, comporta presión. Cocinar no es un juego caprichoso. Cada día implica una inevitable dosis de éxito o fracaso. Vivir la cocina no es solo una questión de oficio. Es también, una gran lección de vida, una permanente lección de humanidad.
Comer bien empieza por saber distinguir lo que se come. Intentamos hacer una cocina sabrosa que, siguiendo el paso del tiempo, preserve el encanto de lo que es próximo, que no aparente nada insólito ni caiga en despropósitos. En cocina, lo que es delicioso se encuentra frecuentemente en la sencillez.