Santi Santamaria

Santi nos dejó hace ya unos años. Forjado en la áspera rebeldía de unas circunstancias firmemente agresivas hacia nuestra cultura, de joven perteneció a un mundo en el que uno de los valores preeminentes fué el deseo de libertad. A los 23 años dejó un trabajo de dibujante industrial para convertirse en cocinero y, con Àngels, su esposa, decidieron abrir una humilde taverna con el nombre de Racó de Can Fabes en la casa de los padres.

Fué un 23 de diciembre del 81. Aquí empieza un trayecto que duró casi 30 años…

Autodidacta de los fogones, fue el primer cocinero catalán en recibir las tres estrellas de la guía Michelin.
Santi Santamaria fue un cocinero comprometido y consecuente. Su cocina -descifrable- era de una fascinante abstracción i lo era, no sólo por el deseo de una rigurosa exigencia estética sino también por la profundidad elocuente que sacaba de la sencillez, la mesura y la simplicidad. El suyo, era un gesto que emergía con fuerza de una sutil e inteligente mezcla de naturalidad, imediatez y precisión. Santi era capaz de transmitir aquello que sentía y, de forma mas desnuda, descubrirnos aquello más confidencial, intuïtivo y rebelde de si mismo.
Su trayectoria fué un ejemplo de actitud, no sin falta de atrevimiento, una actitud comprometida que proclamaba la necesidad de una culinaria más sólida y coherente, que reclamaba la conveniencia de otra disposición pedagógica, de mucha más franqueza, de menos falsedad. Su quión culinario, lejos de sostenerse solo en pariculñaridades estéticas, tenía como referencia la memória y el gusto. Por eso su gesto culinario no era nada banal. Su cocina sabía acoblar esfuerzo y pensamiento, rigor y espontaneidad, razón y utopía, embiste y ternura.
En la vida, Santi fue un pragmático practicante de la heterodoxia más exultante. Era un disidente rabioso de la rutina. Ante los fogones era radical y rebelde de una manera absolutamente irrebatible. Aun así, era un observador atento de la naturaleza. Su cocina nos enseñaba con íntima calidez la importancia de la geografía y el entorno en el universo ingénito de los sentidos.
Nunca le vi claudicar. Fue un tipo sincero. Siempre iba con la verdad por delante. Manifestaba con valentía aquello que pensaba. En su viaje no había fraude. El suyo fue un trayecto de libertad, comprometido, transparente y honesto. No daba ningún balón por perdido cuando se trataba de marcar un gol a favor de la ética y la solidaridad. Su actitud frente a la vida estubo marcada por una perseverante disposición de coraje y empuje. Si el hombre era así, como no tenía que ser también el cocinero?
Santi ha sido el cocinero más importante y fundamental de la cocina moderna de nuestro país. Desde mediados de los 80 hasta mediados de los 90 lideró con firmeza indiscutible la renovación de la cocina catalana, una cocina que a finales de los 70 había empezado a mostrar signos evidentes de voluntad de posicionar su personalidad en el mundo actual.
Activista perseverante y voraz, hombre de una cultura profundizada por miles y miles de horas de lectura y persona de una extensa curiosidad cultural, Santi fue acumulando sabiduría cívica y culinaria que le permitió -evidenciando siempre su condición de catalán- exportar la imagen y testificar dónde fuera de fuera la existencia de una cocina catalana con un pasado incuestionable y un futuro evidente.
Santi siempre reivindicó la emoción como proposito de su proyecto gastronomico. Su cocina estaba repleta de huellas y de afecto, de recuerdos y de memoria, era una culinaria que surgía con la firme convicción de cautivar. Santi fue un cocinero comprometido y solidario con los demás cocineros y con la sociedad, fue una persona feliz. Nadie ni nada le condicionó en su trabajo. Con su actitud ante los fogones santi estableció un precedente inequívoco de coherencia y dignidad, un autentico artesano del gusto que amaba con pasión su oficio. Su obsessión era ña elementalidad. Mil y una veces había dicho: “mi cocina es contraria al olvido de todo lo que nos ha hecho como somos, contraria a la desaparición de todo aquello que nos ha precedido. Soy partidario de la cocina de las emociones. Pretendo hacer una cocina con identidad. No cocino para alimentar, cocino para emocionar!”.
Sus argumentos nunca cambiaron. Era un hombre que siempre decía lo que pensaba. Planteaba una cocina de valores.
La muerte de una persona querida siempre te coge por sorpresa. Santi ya no está. El país perdió a un hombre bueno y listo; la cocina perdió un cocinero excelente.
Santi nos ha dejado muchas cosas pero lo más valioso que nos queda es el testimonio de su huella, un ejemplo que estimulará sin duda a aquellos que le conocimos a seguir caminado y afrontando la vida y la cocina con la dignidad con que él lo hizo.
Josep Vilella